Julia Gerardi, Licenciada en Criminología y Seguridad, aborda estas diferencias desde una mirada profesional, aportando claridad conceptual y desmontando errores frecuentes que persisten en el imaginario social.

Durante años se usaron como sinónimos. En la calle, en los medios, incluso en expedientes judiciales. Pero en criminología y en el campo forense, psicopatía y sociopatía no nombran lo mismo. No describen el mismo origen, no explican el mismo tipo de vínculo con el daño ni generan los mismos riesgos para el entorno.

Ambos perfiles comparten algo inquietante: la capacidad de afectar gravemente a otros sin registrar culpa en el sentido común del término. Pero el modo, la lógica y la escena donde ese daño se produce son distintos. Y entender esa diferencia no es un lujo académico: es una necesidad práctica para quienes investigan, juzgan, defienden, informan y conviven.

La psicopatía se vincula a un funcionamiento profundo de la personalidad. No aparece de golpe. No se “aprende” por contagio social. Se manifiesta temprano, de manera consistente, y atraviesa contextos distintos con una misma lógica interna.

El psicópata no reacciona: calcula. No estalla: administra. No pierde el control: lo ejerce.

En la vida cotidiana puede ser encantador, correcto, incluso admirado. Sabe leer lo que el otro espera y devolvérselo como espejo. No porque empatice, sino porque entiende el lenguaje emocional como una herramienta. En lo familiar suele ocupar lugares de poder simbólico: decide, ordena, define climas. En lo laboral escala sin ruido. En lo penal, cuando aparece, lo hace muchas veces tarde, porque durante años no dejó huellas burdas.Su daño no siempre es visible de inmediato. Se expresa en el desgaste psíquico del entorno, en vínculos rotos, en relatos que no cierran del todo pero que tampoco logran probarse fácilmente. Cuando comete delitos, suelen ser planificados, con baja impulsividad, y con una notable capacidad para desresponsabilizarse. No improvisa. Espera. Observa. Ajusta.

La sociopatía, en cambio, se cocina en otro fuego. Está fuertemente atravesada por el contexto. Infancias violentas, abandono, modelos caóticos, entornos donde la ley nunca fue referencia sino amenaza. El sociópata no disimula con elegancia: irrumpe.

Su vínculo con la norma es abiertamente conflictivo. No la entiende como límite legítimo, sino como obstáculo. A diferencia del psicópata, el sociópata suele ser reconocible. Genera rechazo, alarma, conflicto. Tiene dificultad para sostener roles estables, vínculos duraderos o relatos coherentes en el tiempo. Su daño es más ruidoso, más inmediato, más visible. En el ámbito penal aparece antes, porque deja rastros: peleas, amenazas, consumo problemático, episodios de violencia.

Sus delitos suelen ser impulsivos, reactivos, desorganizados. No porque no comprenda la gravedad, sino porque la emoción manda más que la estrategia. En lo familiar, el daño se expresa en ciclos de violencia, rupturas abruptas, miedo sostenido. En lo social, en la repetición de conflictos que parecen no tener aprendizaje posible.Hay similitudes que confunden. Ambos pueden mentir sin pudor. Ambos pueden instrumentalizar personas. Ambos pueden causar daños profundos. Pero la lógica es distinta. El psicópata no pierde el control porque nunca lo cedió. El sociópata lo pierde porque nunca lo tuvo del todo.

Desde lo forense, esto cambia todo. Cambia cómo se evalúa el riesgo. Cambia cómo se lee una escena. Cambia cómo se interpreta una conducta posterior al hecho. Un psicópata puede sostener una coartada perfecta y un discurso emocionalmente convincente. Un sociópata puede incriminarse solo por no tolerar la frustración.En el ámbito judicial, confundirlos puede llevar a errores graves. A subestimar a quien sabe esperar o a sobredimensionar a quien solo sabe estallar. A creer que la ausencia de violencia visible implica ausencia de daño. O a pensar que el caos siempre es señal de mayor peligrosidad, cuando a veces lo más peligroso es lo que no hace ruido.

En el plano familiar y relacional, estas diferencias también importan. Hay hogares destruidos sin un solo golpe. Hay niños alienados sin gritos. Hay parejas anuladas sin escenas públicas. Y hay violencias explícitas que todos ven pero nadie logra detener a tiempo.

Desde lo forense, la clave no está en buscar emociones visibles, sino patrones estables. No en una escena aislada, sino en la secuencia.No en el discurso mejor armado, sino en lo que se repite, en lo que se omite, en lo que sistemáticamente produce daño alrededor. Desde lo judicial, el desafío no es solo describir un hecho, sino leer un modo de funcionamiento. Porque hay sujetos que cometen delitos.

Y hay sujetos que organizan su vida alrededor del daño, aunque ese daño no siempre sea tipificable en una sola figura penal.

Ahí es donde la justicia tiene que hilar más fino.No basta con preguntarse qué ocurrió ese día.Hay que preguntarse: – qué ocurrió antes y durante cuánto tiempo– qué costo psíquico dejaron los vínculos previos– quiénes fueron funcionales sin saberlo– qué silencios sostuvieron la dinámica– qué límites nunca existieron o nunca fueron respetados.

No alcanza con evaluar conducta en audiencia.Hay que observar trayectoria vincular. No alcanza con medir peligrosidad inmediata.Hay que evaluar capacidad de daño sostenido. No alcanza con distinguir entre violencia explícita y ausencia de violencia física. Hay que entender qué tipo de poder se ejerció y cómo. Porque algunas personas no necesitan gritar, golpear ni exponerse para destruir.

Y otras destruyen precisamente porque no saben hacer otra cosa. Cuando estas diferencias no se leen, el sistema falla en silencio.

No siempre absolviendo. A veces condenando mal. A veces liberando a quien sabe esperar. A veces endureciendo con quien solo sabe estallar.Comprender estos perfiles no es un ejercicio teórico. Es una herramienta de decisión. Y cuando se decide sin comprender, el riesgo no desaparece:simplemente cambia de forma. Ahí es donde este análisis no se cierra. Ahí es donde recién empieza.

Por MDC INFO

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