Por Nadia TREJO, Socióloga.

 

La socióloga Nadia Trejo propone una mirada necesaria sobre los llamados “hijos de cristal”, una etiqueta que muchas veces simplifica una realidad mucho más profunda.

¿Son realmente frágiles o estamos frente a una generación que aprendió a expresar lo que otras callaron?

En siglos anteriores, el niño era considerado como un “objeto de protección ya que
implicaba una visión tutelar, de asistencialismo mínimo e incapaz de tomar decisión propia,
o también era calificado como un adulto en miniatura”.

A partir del siglo XIX esta cosmovisión comienza a evolucionar y toma otro rumbo.
Esa mirada moderna sobre la infancia refleja la “reivindicación del concepto de niño”, el cual
es entendido como un desarrollo humando que abarca desde que nace el ser humano hasta el
inicio de la adolescencia o la pubertad. Esta etapa es fundamental porque sienta las bases del
desarrollo biológico, psicológico, cultural y social del individuo.

Históricamente los padres educaban a los hijos con reglas de autoritarismo, silencios,
obediencias absolutas, jerarquías rígidas y menores enfoques afectivos-emocionales. Las
familias nucleares (padre, madre e hijos), se caracterizaban tradicionalmente por ser
numerosas; en donde predominaba el trabajo precoz en niños; y en cuanto a las normas de
convivencia los castigos físicos eran formas aceptables de corrección social.

Actualmente en el siglo XXI, se promueve la inteligencia emocional y el
acompañamiento demasiado afectivo en la infancia, adolescencia y parte de la juventud.
Sociológicamente hablando, hubo un importante avance en el concepto de niño, que pasó de
tener una percepción inferior a ser vistos como individuos con derechos y necesidades
psíquicas propias. Asimismo, surgen nuevos modelos de padres y de familias, cuyas crianzas
fueron las tradicionales, siempre basadas en las normas de respeto, orden y autoridad, bajo la
premisa de la célebre frase “al árbol se lo endereza desde chico”.

Estos progenitores evitan seguir con aquellos esquemas arcaicos de paternalismo y
rigidez familiar, de tal modo que optan por seguir lineamientos de educación o de socialización primaria descontracturados, flexibles, permisivos; y solventan aquellas
necesidades tanto afectivas como materiales que tuvieron que tolerar en su niñez, y que aún
de adultos esas faltas no fueron superadas.

Estos “padres adultos o también conocidos como padres de algodón”, son
sobreprotectores y se esfuerzan al máximo para que ninguna situación sea desagradable o
peligrosa para sus hijos. Les resulta “más fácil darles la razón o decirles que sí a todo lo que
ellos emprendan”, estos comportamientos incautos en los adultos dan origen a la generación
de cristal o a los hijos cristales y frágiles.

Puntualmente la generación de cristal se diferencia de otras porque son nativos
digitales, nacen inmersos en la era tecnológica, son intolerantes a la frustración e incapaces
para enfrentar diversas dificultades, de alta sensibilidad e inestabilidad emocional, exigen
inmediatez, se desmotivan fácilmente y no pueden superar obstáculos solos. Los padres que
pertenecieron a la “generación millenials” tuvieron deseos y anhelos frustrados, por lo que
prefieren satisfacer los gustos y ocurrencias de los hijos cristal, siendo estos en su época solo
accesibles para aquellas familias de la alta sociedad: clubes deportivos, clases de idiomas,
gastos elevados en materia de indumentaria, calzados, dispositivos tecnológicos, entre otros.

Ésta generación de cristal que ronda los 11 y 23 años de edad, dice tener empatía,
conciencia social y defensa de los derechos, sobre todo el respeto por los derechos del niño,
derecho a la igualdad social y de género, derecho a la libertad, derecho a la libre expresión de
sus pensamientos; este último relacionado con el desarrollo del pensamiento crítico
perfeccionado por la nueva escuela; pero al mismo tiempo demuestran un desinterés cultural,
apatía por los encuentros cara a cara reemplazándolos por las comunicaciones virtuales ya
que tienen habilidad audiovisual en las redes sociales. Al mismo tiempo están expuestos al
bullyng, al ciber-acoso, a la violencia “porque la tecnología es un arma de doble filo”.

Facilitarles tareas, omitiendo la disciplina y el acatamiento hacia las pautas de
comportamiento en determinadas instituciones, es contraproducente y nocivo para la
formación del futuro ciudadano. En su lugar se menciona fijar límites y dar permisos en
situaciones pertinentes, teniendo en cuenta que será la generación que vivirá “el mañana”.

La descendencia que logrará cambios notables en la sociedad; la sensibilidad que según
manifiestan ellos no es debilidad, sino su motor de luchas, conquistas, mostrarse tal cual son,
inhibidos en la realidad del mundo socio-cultural. Compartir sus experiencias en redes o tener
aprobación social, les da un bienestar gradual ante sus autoexigencias o lo viven como un
“objetivo logrado”.

Es por ello que de alguna forma hay que apostar a esta generación frágil, robusteciendo
sus fortalezas, dándole crédito que en algún momento de sus vidas, lograrán la madurez
necesaria en todos los aspectos, de modo que puedan afrontar adversidades y generar cambios
profundos en mentalidades futuras buscando el progreso social.

Por MDC INFO

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