Por Eugenia Suarez

A raíz de la tragedia que terminó con la vida de Polaco Riemersma, algunas personas que se presentan como “proteccionistas de animales” se comunicaron conmigo para pedirme, por favor, que publicara en MDC INFO Diario Digital que los caniches que habían quedado en la peluquería necesitaban un hogar.

 

Como siempre, cuando se trata de ayudar, no lo pienso demasiado. Lo publiqué, porque confié en quien se había comunicado por ese pedido en un momento tan doloroso para muchos.

 

Porque si alguien me pide ayuda y está dentro de nuestras posibilidades colaborar, ¿por qué no hacerlo?

 

Pero después de la publicación comenzaron los mensajes y llamados. Algunos con palabras irreproducibles, reclamos, hostigamiento y una violencia que sinceramente no esperaba.

 

Solo respondí a tres personas. No porque no tenga qué decir, sino porque aprendí que no vale la pena gastar energía y tiempo intentando discutir con alguien que no leyó bien o que simplemente decidió interpretar las cosas desde otro lugar.

 

Y en medio de todo eso me puse a pensar en el Polaco.

 

Él jamás me destrató. Nunca necesitó levantar la voz ni faltarme el respeto para defender aquello en lo que creía. Al contrario.

 

Una vez le pedí ayuda por unos perros que estaban enfermos y él ayudó.

 

Cuando entrevisté a uno de los precandidatos a intendente de la Capital sobre un proyecto para crear un Hospital Veterinario Municipal, Polaco compartió esa entrevista en sus redes.

 

Siempre desde el respeto.

 

Por eso creo que también hay una diferencia enorme entre hacer algo por los animales y hacer algo para que los demás vean que hacemos algo por los animales.

 

A veces las redes sociales generan una necesidad desmedida de protagonismo. Algunos parecen necesitar estar en el centro de cada discusión, incluso cuando nadie los llamó.

 

Y sí, detrás de una pantalla cualquiera puede sentirse invencible.

 

Pero después, en la vida real, nos encontramos cara a cara y algunos se desarman como alfajorcito de maicena, agachan la cabeza…

 

No me interesa la pelea.

 

Me interesa la reflexión que queda después de todo esto.

 

Porque la muerte de Polaco también nos debería hacer pensar en algo de lo que casi nunca hablamos: ¿qué pasa con todo cuando nosotros ya no estamos?

 

Quizás deberíamos empezar a dejar un pequeño “diario de vida”.

 

Un documento donde indiquemos quiénes son nuestras personas de confianza. Qué queremos que suceda con nuestros animales. A quién llamar. Dónde están nuestros documentos. Qué cuentas existen. Qué bienes tenemos. Qué cosas dejamos. Incluso qué queremos que pase con aquello que para nosotros tiene valor sentimental.

 

No por obsesionarnos con la muerte.

 

Todo lo contrario.

 

Por amor a quienes quedan.

 

Porque cuando alguien se va inesperadamente, además del dolor aparecen preguntas, discusiones y conflictos que quizás podrían evitarse.

 

¿Quién se queda con los animales?

 

¿Quién tiene las llaves?

 

¿A qué cuenta se transfiere determinado dinero?

 

¿Qué pasa con la casa?

 

¿Dónde están los papeles?

 

¿Quién sabe realmente cómo estaban organizadas nuestras cosas?

 

Tal vez sea hora de entender que organizar nuestra partida también es una forma de cuidar a quienes amamos.

 

Y quizás Polaco, sin saberlo, nos dejó también esa enseñanza.

 

No alcanza con preguntarnos qué queremos que pase mientras estamos vivos.

 

También deberíamos preguntarnos:

 

¿Qué queremos dejar organizado cuando ya no podamos decidir por nosotros mismos?

 

Porque al final, más importante que lo que tenemos, es cómo dejamos a los que queremos.

 

Y sobre todo, qué huella dejamos en este mundo. Por Eugenia Suárez @eugenia.suarezp

Por MDC INFO

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *